
Ya mató a El ídolo. Ahora va a por la muerte de Amador. Con cada álter ego, con cada disco, Adanowsky se asesina a sí mismo o, mejor, exorciza una parte de su enmarañada, compleja esencia: el rockstar sexual y decadente que mutó en trovador romántico, sufrido y oscuro, ahora se prepara para encarar su tercera resurrección y, por qué no, despegarse un poco más de la definición primigenia de su personaje mediático, esa que lo dejaba atado a su ascendencia inmediata pero ya no. Porque Adanowsky es Adán, el hijo de Alejandro Jodorowsky -el escritor, el cineasta, el tarotista, el psicomago-, se sabe, pero a esta altura es sólo Adanowsky, el cantante parisino residente en México, el intrépido navegante de melodías políglotas y universales, el pibe al que el mismísimo George Harrison le enseñó sus primeros acordes de guitarra. Como un prestidigitador conceptual, Adán encaró una trilogía musical que se completa tras la defunción oficial de Amador (editado en 2010, con producción de Robin Coudert, tecladista de Phoenix y la colaboración de Devendra Banhart y Noah Georgeson), el 9 de marzo en el Metropolitan del DF mexicano. Quizás no sea como en el Hammersmith Odeon del 73 pero asegura una puesta ad-hoc y sorprendente, pensada con ayuda de su padre.
Lo que sigue luego es secreto. Igual, Adanowsky vuelve a la Argentina para finalizar su conquista: "La primera vez pasé desapercibido y me fui con un sabor amargo", cuenta, pero volvió para visitar a unos amigos y lo reconocieron no una sino cuatro veces en la calle, y tras tocar en el Festival Emergente antes de Babasónicos, comprendió que la recepción había cambiado. El año pasado dio un show casi improvisado y llenó: "Ahí pensé que había algo que hacer, la gente conocía mis canciones, las cantaban y bailaban: era un paraíso", agrega desde México después de confesarse halagado por la comparación recurrente con Sandro (sí, nuestro Sandro, el de América). Este jueves 16 tocará en el Podestá en el marco de la Fiesta Hawaii; el viernes 17, en Café Vinilo y el lunes 20 en algún lugar sorpresa; pero antes, responde:
¿Cómo decidiste concebir a estos personajes-conceptos a la hora de encarar la composición de tus discos?
Es una locura lo que hice. Me volví loco. Sólo porque quería divertirme entré en mi propia trampa. Porque decidí hacer una trilogía sin pensar en lo que iba a suponer. Entre cada disco mato a mis personajes pero hacer un disco así implica pensar todo un concepto global, la portada, el personaje, fabricar trajes, zapatos, pensar en los decorados del escenario, los trajes de los músicos, los videos con estilo similar. Un trabajo enorme y cuando no hay dinero, como yo lo hice, es aún mucho más difícil.
Cada uno corresponde a una etapa de mi vida. No son extranjeros, son prolongaciones de mí. Cuando creé El ídolo era un perfecto desconocido y yo lo que quería era brillar y ser un rockstar: por eso lo concebí con todos los clichés de rockstar decadente. Le empezó a ir bien al disco y entonces dejé de necesitar ese reconocimiento; me focalicé en el placer de crear, de explorar mis sentimientos y mis emociones. Entonces creé Amador, un romántico, oscuro, obsesionado por el amor. Grabé baladas, sin disquera, y lo produje con Rob, sin pensar en tener un sencillo para la radio ni tener éxito. Quería hacer una obra pura que me guste a mí.
¿Cómo será la muerte de Amador?
Ya maté a El ídolo en un concierto genial en México donde había romanos, ataúdes, cristos, strippers, enanos, muy divertido. La muerte de Amador también será en esa ciudad, con la puesta a cargo de mi padre porque lo escribí con él y solo no puedo. También será loco: tuve una cita con cuatro abogados porque habrá muchos símbolos sexuales y no quieren tener multas porque asistirán menores de edad pero yo no me puedo restringir, soy un artista y no me puedo poner límites. No me importa si voy preso, pero lo haré.
¿Cómo surgió la relación con Devendra y la composición de "You are the One"?
Vino solo. Estaba en el estudio y había un disco de él, porque me gusta mucho su música, y pensé en contactarlo. Yo siempre pienso que todo es posible, no me pongo límite pensando que es famoso y americano. Conseguí su mail y le escribí con dos demos y proponiéndole trabajar juntos. No me respondió. Tres semanas después estaba en México y recibo un mail que dice "Holy shit, me encanta, ok, hagamos algo juntos". Y yo justamente iba a Los Angeles a mezclar mi disco y le propuse componer ahí mismo. Fui a su casa y nos vimos, éramos del mismo tamaño, con los mismos pantalones. "Somos como primos", me dijo. Llegué con la idea de la música y él agregó un puente. Escribimos la letra juntos y la grabamos al día siguiente.
¿Pensaron en hacer alguna fecha en vivo?
Nunca coincidimos. Le propuse estar en la muerte de Amador pero no puede, estaba muy triste. Pero vamos a compartir escenario algún día, seguro.
No hablamos sobre tu padre pero, ¿cómo fue tu crianza musical? ¿Qué escuchaba tu viejo?
La única que escuchaba música era mi madre. Tenía vinilos en la casa de Jerry Lee Lewis, de Elvis, de The Platters y así empecé escuchando rock and roll a los cinco o seis años. Estaba loco por Eddie Cochran. Cuando ella era niña, tocaba piano porque su padre era boxeador y pianista, la abandonó cuando tenía tres años. Entonces, la única manera que ella tenía de relacionarse con su recuerdo era tocando. Pero siempre cuando lo hacía, lloraba. Y yo crecí viéndola así: representaba una angustia enorme para mí. Hasta que a mis ocho años se separan mis padres y yo quería ser pianista pero había algo que me impedía avanzar. Decidí tomar ese piano, hacer un hoyo en el jardín y enterrarlo, enterrar ese pasado de mi abuelo, exorcizar el fantasma del abandono. No quería ser un músico frustrado. Puse un árbol de cerezas encima. Lo raro es que en el sótano me hice un estudio donde trabajé todos los días, componía al lado del piano que yacía debajo de la tierra.
Siempre contás tu anécdota con Harrison enseñándote a tocar la guitarra, ¿cómo llegaste a él?
Llegué por mis padres, precisamente. Tenía siete años, creo que ellos juntos tenían un proyecto y me llevaron a su casa. Yo era niño y no me daba cuenta de nada, sólo veía un ser humano muy amable. Recuerdo que vi la guitarra colgada en la pared y entonces me preguntó si sabía y quería tocar. Le dije que me encantaría y me enseñó tres acordes y también me dio un papel con todos los acordes dibujados para que estudiara. Como un estúpido, perdí ese papelito.
Por Yamila Trautman

